Me declaro una persona perfeccionista hasta la saciedad, pero también me gusta cuando alguien o algo me saca de mi perfección (por lo general suelen ser mis hijos J y, por regla, son las personas que más cerca de nosotros se encuentran) para volver a crear y reinventarme nuevamente; esta es una forma de conocerme cada día más y también de sentirme vulnerable a lo que sucede en mi entorno.

Reconozco que el perfeccionismo es un muro que nosotros mismo nos ponemos para no aceptar nuestra vulnerabilidad y muchas veces éste me ha sacudido desde el fondo para descubrir que hay otros ángulos desde los que puedo percibir la vida.

Hoy en día, no puedo decir que haya dejado de lado el perfeccionismo completamente, pero he aprendido a tener paciencia con lo que me rodea, a aceptar que cada persona tiene su propia forma y estilo de hacer las cosas para llegar a los mismos resultados, aunque no sea al ritmo que quiero marcar.

Mis 4 claves para romper esa barrera

  1. Entrenar la calma y la serenidad a través de la meditación, lo cual me permite soltar el control.
  2. Aprender a escuchar a las otras personas.
  3. Confiar y creer en la capacidad de las personas que me rodean a las que asigno tareas. He aprendido que para saber delegar primero debes haber pasado tú primero por el proceso para poder explicar al delegado lo que se espera de él/ella.
  4. Asumir la responsabilidad de mis actos y dejar de culpar a los otros si algo falla o no sale de acuerdo a lo esperado… ¡vaya tarea que me he puesto en este punto!

La historia de una amiga mía fue la que despertó en mí una luz de advertencia de que perfeccionismo va acompañado de control. Mi amiga se casó hace poco, pero desde el momento en que su novio le propuso matrimonio, ella empezó a preparar “su” matrimonio con mucho “esmero” y recalco esmero porque ella cosió su propio vestido de novia e hizo su propio ramo de flores (con papel especial de comics); elaboró las invitaciones; preparó los bocaditos y el pastel; decoró la sala; entre otras cosas. Todo lo hizo literalmente sola pues no confiaba en nadie, ni en su propio novio (sí, él ayudó a cerrar los sobres).

Mi amiga temía que algo saliera mal o no se cumplieran con sus estándares. Cuando ella me lo contaba y yo la veía trabajar tanto sin atreverme siquiera a ofrecerle mi ayuda, pues ya me había dejado claro que lo quería hacer todo sola, saltó en mi cabeza la alarma de preguntarme ¿de dónde nace ese miedo a querer controlarlo todo y que lo escondemos bajo el manto de la perfección?

Aquí podríamos encontrar mil respuestas, pero desde mi propia experiencia, diría que eso tiene que ver con el miedo a dejar caer esa muralla e indicarte al mundo tal como eres: un ser con perfecciones e imperfecciones que no deja brillar su luz por miedo a descubrir su sombra.

Sin embargo, el gran aprendizaje de mi vida ha sido poder verme como un ser humano y reconocer que para ser una mujer completa necesito de esos dos polos opuestos. Esos mismos polos que existen en muchos campos; por ejemplo, en física, le llaman polo negativo y positivo; los chinos lo llaman yin yan; los católicos se refieren a estos polos como el bien y el mal. Asimismo, cada ser humano tiene una luz y una sombra que le dan forma a un todo sin que esto implique que algo esté mal en nosotros.

Si lo ponemos de una forma más simple, podemos decir que el día necesita del día y la noche y cada una brilla con su luz propia. Mientras el día lo hace con el sol, la luna y las estrellas acompañan a la noche y en cada uno de ellos encontramos solamente perfección pura, al igual que cada persona que habita en este planeta y el equilibrio que le demos sea a nuestra luz o a nuestra sombra.

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